Viernes7/30/2010


Por: Pablo Saracco

Los salmónidos fueron introducidos en Argentina a principios del siglo XX, a través de ovas fecundadas provenientes del hemisferio norte. El éxito de esta iniciativa llevada a cabo por el pionero Francisco Pascacio Moreno, se extendió por casi todo el territorio argentino, con un nivel de adaptación a los distintos ambientes y climas, realmente excelente. Los intentos de siembra fueron realizados con diversas especies de truchas y salmones, de los cuales sólo algunas prosperaron, como la trucha arco iris, la trucha marrón ( Trucha café), la trucha de arroyo o fontinalis, el salmo salar sebago (Landlocked Salmon)), la trucha de lago, la steelhead, la sea-run brown trout, y la variedad de salmón chinook, que ingresa desde el océano Pacífico (Chile) por el río Corcovado, hasta la provincia de Chubut. Foto Pablo Saracco



De todos los ambientes que albergan salmónidos, la Patagonia, tierra de aventuras, de carácter indómito y salvaje, es la región argentina en la que mejor se han desarrollado. Consecuentemente uno de los destinos más famosos y soñados por los pescadores de mosca de todo el mundo . El curso de agua más legendario y mítico, es sin dudas el río Chimeuín, en la provincia de Neuquén. Aquí comenzó a forjarse la historia de nuestra pesca con mosca, allá por la década del ´50, de la mano de soberbios pescadores y mejores casters, como por ejemplo: José “Bebe” Anchorena y Jorge Donovan entre otros, asiduos visitantes y conocedores de este magnífico río. Para dar un ejemplo de lo que ha rendido históricamente el Chimehuín, bastan algunas imágenes de la época, que documentan lo fabulosa que era la pesca por esos días, y la frase de un maestro pescador norteamericano como Joe Brooks que dijo luego de su primera experiencia en el Chimehuín: “....En dos horas de pesca he batido todos los récords de mi carrera...”

En la actualidad, este río, a pesar de no brillar como antaño sigue ofreciendo una pesca de excepción a quienes lo visitan. Pero toda la Patagonia guarda en su seno miles de ambientes, entre arroyos, ríos y lagos que nos harán gozar con nuestro deporte favorito y con la imponente belleza natural que los rodea.
Otros ambientes mundialmente reconocidos son el río Limay, el río Aluminé, el río Collón Cura, el río Malleo, el lago Trafúl, el lago Nahuel Huapi y el lago Correntoso, en la provincia de Neuquen, el río Rivadavia, en la provincia de Chubut; el río Gallegos, en la provincia de Santa Cruz y el río Grande en Tierra del Fuego con sus descomunales sea brown trout, por mencionar algunos.

Foto Pablo Saracco
La reglamentación actual en la Patagonia Argentina indica que la pesca debe realizarse con cebos artificiales (Moscas o señuelos) sin excepción de ambientes, y en la mayoría de ellos es obligatorio el “Catch and release” de todas las capturas realizadas. Los equipamientos utilizados en fly casting, varían según los distintos ambientes y las especies que busquemos, pero podemos llegar a aconsejar como término medio un equipo de caña y reel (Carrete) para línea #5 ó #6, con una línea WF flotante (Floating), y su equivalente de hundimiento. Hay muchos ríos y arroyos dónde es posible pescar muy buenos ejemplares de trucha de tamaño promedio cercano al kilogramo de peso, en ellos sería más adecuado el uso de un equipo para líneas #3 ó #4, con el fin de jerarquizar las capturas; y en el extremo opuesto, por citar un ejemplo, la pesca de sea brown trout en el río Grande, dónde es común atrapar colosos de 10 ú 11 Kg. al igual que el fuerte viento cordillerano, es entonces que lo necesario para afrontar adecuadamente esas condiciones de pesca, no puede ser menos que un equipo #8 ó #9.

 


Las moscas que desde siempre han dado resultados satisfactorios y que se pueden recomendar como efectivas, pueden ser ninfas como la: Hare´s Ear, Prince, March Brown, Pheasant Tail, Green Caddis Larva, Lafontaine Sparkle Pupa, Kaufmann Stone, Montana Stone, etc., en tamaños de anzuelo del #18 al #6, según el insecto a imitar. Con respecto a las moscas secas podemos citar a la: Adams, Royal Wulf, Elk Wing Caddis, Black Gnat, Stimulator, etc., en números #20 al #12. Por el lado de los streamers, a la famosa: Wooly Bugger, Marabou Muddlers, Mickey Finn, Sonkers, etc., en anzuelos #4 al #1. Por supuesto que hemos dejado de lado muchísimos modelos también muy efectivos, incluyendo aquellos que imitan organismos terrestres como saltamontes, escarabajos, hormigas y pequeños ratones de campo, éstos últimos muy apreciados por las grandes truchas marrones, que acechan en las horas del crepúsculo bien pegadas a las orillas.

Las moscas mencionadas anteriormente imitan insectos que abundan en nuestros ríos y lagos y que son bien conocidos en el hemisferio norte, tal es el caso de las: Efemerópteras (Mayfly), los tricópteros (Caddisfly), los plecópteros (Stonefly) y las odonatas (Dragonfly y Damselfly). Es común ver durante el transcurso de un día, copiosas eclosiones de dichos insectos que alborotan a las truchas, las que en su afán de alimentarse, producen salpicaduras y ondulaciones frenéticas compitiendo por los indefensos invertebrados. Son éstos momentos, los que ponen en ebullición nuestra sangre de pescador logrando que nos tiemblen las piernas, al mismo tiempo que nuestros dedos no responden a las órdenes del cerebro, cuando queremos atar la mosca al tippet.

La temporada de pesca comienza a mediados de noviembre, con la apertura para la pesca, de todos los ambientes patagónicos, y finaliza en abril o mayo con algunas excepciones. Durante esos meses, es cuando nosotros los pescadores de mosca, trataremos de hacer realidad los sueños que fueron acunándose durante el invierno, o para volver en busca de “Aquella grande” que nos cortó a último momento el año pasado. Meses de aventuras, de largos viajes por interminables rutas patagónicas rodeadas de belleza natural hasta dónde alcanza la vista, de aromas, de flores, de matices verdes y azulados, de amigos y de pesca
.Foto Pablo Saracco

 

Algo que siempre me ha gustado, es acampar a la vera de algún remoto río cordillerano sin nadie a la vista en kilómetros a la redonda, y sin tener que pagar por ello. Algo que aún hoy es posible lograr en el sur argentino; y compartir historias de fogón con los amigos más queridos, practicar nuestro deporte favorito hasta el agotamiento y dormirnos con un cielo tapizado de estrellas como techo. Con el arrullo del eterno fluir de las aguas que se escurren presurosas en busca de su lejano destino final, el mar. Quienes han transitado estas latitudes en busca de emociones sin duda alguna que las han conseguido, y hoy en día han quedado plasmadas en apasionantes anécdotas impresas a fuego en nuestra memoria. Estoy seguro de que aquél que visite este paraíso natural por primera vez, quedará fascinado por la magia y la mística escondidas debajo de cada piedra, detrás de cada árbol, en lo alto de las montañas, bajo las cristalinas aguas, en el susurro del viento, en los rostros de los nativos, y cuando se tenga que ir, cuando regrese a su tierra de origen, se llevará algo de ésa magia en su corazón. Cuando eso suceda, la Patagonia lo habrá “Atrapado” para siempre.

Foto Pablo Saracco

 

 

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